La vida es fascinante.
Habla muy claro, pero nos empeñamos en no escucharla o en interpretar lo que dice de manera equivocada.
Esto suele ser bastante obvio cuando tratamos de ayudar a alguien.
Creemos que podemos, incluso que debemos, sin tener el cuenta si el otro quiere ser ayudado.
Vemos su malestar y creemos que está en nuestra mano procurarle una solución o, al menos, facilitarle el camino.
Y no siempre es así.
A veces la otra persona simplemente no está en disposición de recibir esa ayuda ni está preparada para el cambio que eso supone.
Y es lógico.
Cada uno estamos en nuestro punto del proceso evolutivo que nada tiene que ver con el proceso de los demás.
Y me he dado cuenta de que no es cuestión de ayudar, lo importante es servir.
Porque aquí está el error.
Cuando ayudo, pretendo (con toda mi buena intención) que el otro haga lo que yo le digo o como yo le digo, y que acepte que así es mejor porque yo considero que lo es.
Y eso va cargadito de ego.
Cuando presto un servicio, tengo algo que ofrezco y el otro decide si quiere beneficiarse de ello o no.
Mi parte es darle lo mejor que tengo y la suya utilizarlo para su beneficio, si así lo desea.
Y nada más.
La vida se simplifica bastante cuando estamos más desde el servir que desde el ayudar.
Que parece lo mismo, pero no lo es 😉✨
Gracias por leerme.
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